La primera historia de Siligaris
Fui profesor de música en el instituto al que asistían Fran Lavender y Nicolas Palloncy durante muchos años. Ninguno de los dos valía para ninguna otra cosa, así que les empujé a poner en marcha la primera banda de jazz en aquel barrio de París. Me llamaban el viejo, pero en aquel momento era todavía joven, hasta el punto de dejar el instituto y liderar aquella banda que cada vez tenía más éxito. Fueron buenos años. Viajamos por toda Europa hasta que un compañero que abría una taberna de estilo clásico en Nueva Orleans nos invitó a seguirle. Los dos jóvenes no supieron administrar su éxito, despilfarraban el dinero la misma noche que lo ganaban. Al final, la banda no pudo resistirlo: contratos incumplidos, deudas impagadas, un desastre tras otro. Nicolas incluso acabó con una navaja clavada en las tripas por un lío de drogas. Pero los dos eran muy buenos. Sobre todo, Fran. Era el mejor saxofonista que había conocido jamás, sus improvisaciones rayaban los sublime. Pero yo era el maestro, su maestro, las mejores composiciones eran mías, aunque las hacíamos pasar por improvisaciones. Por supuesto, había muchas horas de ensayo detrás de cada éxito. Una noche que se presentaron en un concierto completamente borrachos, no pude más. Ya no eran dos músicos contra el mundo sino dos idiotas contra sí mismos. Me dejaron fuera del grupo. En realidad, fue Fran quien me dejó fuera del grupo. Dijo que ya no necesitaba maestro, que él mismo era su propio maestro y que él ensayaría sus propias partituras. Aquella criatura creía que sabía todo. Tuvieron éxito, no lo discuto, pero ya no fue lo mismo. Fran no era mejor de lo que él mismo creía. Nunca se lo perdoné del todo, ni siquiera cuando lo vi desde lejos envejecido y desestructurado.
En cualquier caso, agaché las orejas, otro contrabajista ocupó mi lugar y volví a Francia. Pude incorporarme enseguida en un instituto del sur, pero nunca llegué a abandonar el jazz. Al contrario, no solo tuve mis propios conciertos, sino que frecuentaba las tabernas de los suburbios, seguro de que ninguno de mis alumnos tenía la edad suficiente como para atreverse a visitar aquellos antros. Yo mismo era parte del fragmento más oscuro del puerto. Ese era el lugar de las improvisaciones y los excesos y, mientras nadie lo supiera, todo iría bien. Por qué no, la vida no podía ser más justa. Una madrugada de tormenta, seguí a un tipo pequeño y silencioso hasta los baños comunes. Una sombra rápida pasó de derecha a izquierda antes de cruzar el umbral. Le vi en frente del espejo, un hombre a punto de volverse loco, gritando al cristal incoherencias, como si respondiera al alguien que también gritara. Yo tampoco estaba demasiado sobrio, quise bajar para que alguien llamara a una ambulancia cuanto antes, pero me quedé allí, pasmado. Aquel tipo cayó al suelo con unos espasmos horribles, me acerqué para pararle y pasó lo peor. Puso sus manos sudorosas en mi cara y suspiró unas palabras extrañas. “Esto es”, quiso decir. El dueño de la taberna me contó que andaba de esta manera desde que perdió de forma extraña a su mujer y las dos hijas pequeñas. Las niñas habían aparecido tumbadas al lado de su madre vestidas con los trajes de la primera comunión.
Esa noche decidí volver solo a mi piso del centro. Después de lo que había pasado, me sentía curiosamente sereno y sobrio. Busqué mi contrabajo y salió de allí la mejor improvisación que había escuchado jamás. En realidad, fue como estar ante otra persona que compone con toda la sabiduría de los maestros estudiados. Y todo eso salía de mi contrabajo, no del miserable saxofón de Fran. Por supuesto, encendí el ordenador tan pronto como pude y envié el resultado a Fran para que entendiera quien era el maestro. Su saxofón podría arrancar otras lágrimas, pero esa improvisación siempre sería mía, por perfecta que fuera su interpretación. Sin embargo, mi estrecha venganza no tuvo el resultado que esperaba. Cuando fui a lavarme la cara, entendí lo que había visto aquel tipo en la taberna. Esa música extraña se había aprovechado de mí. Me sentí una marioneta, volví a estar tan ebrio como en el momento en que me topé con el tipo que gritaba al vacío. Cuando Nicolas me explicó lo que le había pasado a Fran, comprendí lo que había enviado hasta su estudio de la calle Tanneurs era el fantasma al que gritaba aquel hombre desde el espejo del bar. Viajé a Lille en los primeros trenes, pero el daño estaba hecho. La misma música en el saxofón de Fran Lavender tomó tal calidad que la presencia de universos extraños no pudo rechazarla. Reconocí a Nicolas que ya se me había roto el corazón dos veces. La primera vez fue cuando Fran me rechazó en la banda. La segunda, cuando le destrocé la vida por una casualidad y una venganza. No quiso volver a verme, ni yo a él, al menos de cerca, pero seguí escribiéndole de vez en cuando. Y así seguí nueve años, hasta que se atrevió a pedirme ayuda. Fue entonces cuando dejé Marsella y me fui a Madrid.
El pacto y la realidad
La segunda historia de Siligaris
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