Cuentos

La segunda historia de Siligaris

Esto pasó el año pasado, hacia octubre. Fran se atrevió a pedirme ayuda nueve años después de lo de Lille. Recibí un mail en el que me contaba que no podía confiar en lo que decía porque no se correspondía con lo que escribía, o algo así, y que había empezado a tener intenciones oscuras. Me dio la dirección de un ático en Madrid que pertenecía a un tipo muy raro que le perdonaba el alquiler. Como si todos los tipos raros que tienen áticos los cedieran a cambio de nada. El muy presumido pensaba que lo hacía por el talento que malgastaba falsificando improvisaciones en el metro. Desconfié y me callé porque decía que era el lugar perfecto para vivir a escondidas de los fantasmas que salen de los cristales para intentar lanzarle por la ventana. Como un crío pequeño, se había deshecho de los espejos y del lavabo. El caso es que necesitaba un espejito para afeitarse y resultó, por supuesto, que por allí salieron los ojos de la mujer del tipo de Marsella, o al menos eso fue lo que me contó. Fue después de una noche que había sacado lo suficiente como para gastárselo en los bares: volvió antes de que amaneciera, y allí estaba, el trozo de espejo que se había vuelto verde oscuro. Pensé que le debió pasar algo parecido a lo que me contó Nicolas, cuando Fran salió al pasillo del estudio de Lille, gritando desnudo y agazapándose contra las paredes. Me resultó patético, pero al mismo tiempo me sentí culpable. En realidad, lo era.

El caso es que avisé de una baja provisional en las clases que daba en Marsella, que no fue nada fácil, me apañé como pude con el contrabajo, saqué los billetes de tren y me planté en Madrid. Fui directo al ático de Fran. Nos abrazamos nada más vernos, pero luego aquel idiota me echó en cara toda la historia, sin importarle lo agotado que me encontraba. Discutimos a gritos durante una hora hasta que nos dimos cuenta de las quejas de los vecinos y salí dando un portazo con todos mis bártulos. Aquellas noches dormí como pude en varios portales, menos mal que encontré un piso en la zona de Alvarado con la ayuda de Nicolas, que era el único con la cabeza en su sitio. Ya estaba prácticamente establecido en Madrid cuando Fran volvió a escribirme. Otra vez fui a verle. Tenía todavía más canas y estaba más demacrado, pero también más tranquilo. No parecía que hubiera una solución fácil a todo aquello, así que de momento le ayudé a afeitarse porque no soportaba hacerlo solo y poco más.

Con el paso de los días, tomé por costumbre llegar en metro hasta Sol, caminar hasta el ático, pasar unas cuantas horas ensayando con Fran y volver rodeando hasta la estación de Atocha. Ya no improvisaba, reconozco que me daba miedo. Por supuesto, Fran se negaba a tocar la improvisación de la noche de Lille, pero decía que no podía borrarla de la cabeza. De todas formas, todavía me costaba creer que una imagen inventada en un espejo le hubiera causado esa sensación. No llegué a admitir que lo que pasaba era real hasta que un día me pasó lo inaudito. Creo que estábamos ya en diciembre. Se me ocurrió dar un paseo por las calles que rodean uno de los museos de Madrid… y la vi. Iba directa a la entrada de un hotel del centro, orgullosa, balanceando su funda de ordenador, era un poco alta y un poco rubia, sin ningún atractivo especial, con un gesto pretencioso parecido al de Fran y el aire de los que se saben manejar en la vida cotidiana. Tampoco parecía muy cosmopolita, me paré cuando pasaba por educación, no iba a chocarme con ella adrede… y así pasó. Me miró sin verme y, en ese momento, sus ojos desaparecieron de su cara pálida y, en su lugar, dos agujeros de color verde oscuro salieron desde el fondo. Unos agujeros que me taparon el resto del cuerpo. Me quedé sin respirar, me tembló hasta el alma. A veces creo que aquellos agujeros verdes llegaron a verme, o que justamente aparecieron para que yo los viera. Todavía el recuerdo me produce nauseas. Me recompuse como pude y volví hasta el ático esperando que Fran no hubiera salido.

Por primera vez, entendí su insomnio.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad