Desde aquí
De morir, lo que se dice morir, me queda poco recuerdo. Un poco como me pasó con los partos. Tengo la impresión de haber experimentado un estado de anegación de la mente, de encontrarme sobrepasada por la lucha animal del cuerpo, incapaz incluso de sentir miedo propiamente dicho. Vagamente consciente de los que me rodeaban y se afanaban por poner orden en lo que me ocurría, no me importaba ninguno de ellos, ni médicos, ni familia. Reconozco que esto puede sonar muy duro, pero es así. Me transformé en una criatura del dolor, una marioneta convulsa, un sistema en crisis intentando sin éxito atajar todo lo que estaba quebrando y sería incapaz incluso de decir cuánto duró el proceso.
Me acuerdo bien, sin embargo, de la fecha: 16 de septiembre. Una fecha que hasta ese día nunca significó nada para mí. Fecha nefasta, todos los años pasando por mí sin yo saberlo, como un cumpleaños en reverso; yo festejando mis 2 de marzos con tarta y velas y chocolate con churros, y el 16 de septiembre esperándome ahí… en ese anonimato cobarde del día de mi muerte. ¿Habría querido conocer la fecha con antelación?, Pues no, mira, yo creo que no. Hubiera sido de cierta utilidad conocer a mis compañeros de suerte. Y eso ya me habría dado una pista. ¿Inmensa mayoría de compañeros veinte anos mas joven? ¿Llego a centenaria?. ¿Rodeada de viejos? Mal, mal asunto.
El caso es que ahora estoy aquí y, como no llevo mucho tiempo, no sé muy bien a qué y por qué he venido. A quien más cerca tengo es a Mutu, el adolescente de Uganda, que está aún mas sorprendido y despistado que yo, y que, de alguna forma, parece haberse acogido a mi tutela. Aunque se nota que Mutu lleva ya bastantes años él sólo buscándose la vida (ya no). Desde aquí a veces miramos juntos hacia el pasado de Mutu y el de los otros. El mío yo no lo miro. Si los otros lo quieren ver, adelante, pero prefiero abstenerme.
Y no es que no tenga muchos puntos del pasado en los que podría detenerme sin disgustos ni desasosiegos. Hubo momentos felices casi hasta el final.
Podría incluso regresar hacia uno de esos 16 de septiembre de antaño, que solían coincidir con el comienzo de curso en el colegio, y que para mí no tenían mas carga negativa que la vuelta en sí a las clases. Esto hubiera sorprendido a compañeros y maestras -que la «niña más lista de la clase» experimentara tal pánico al terminar las vacaciones- pero siempre me produjo gran ansiedad la última noche antes de volver. Luego, una vez empezaba, con maestra (o monja) nueva, una vez copiaba (limpísimo) el nuevo horario en mi cuaderno recién estrenado, todo iba tomando forma lentamente.
Las dos primeras semanas del curso eran cruciales para quien, como yo, quería sacar buenas notas con el mínimo esfuerzo. El secreto estaba en ser la alumna ejemplar durante ese medio mes critico: mano arriba para todo, deberes de antología, trabajo, trabajo, trabajo. Quince días era lo que tardaba el personal docente en cuestión en sacar la conclusión de que eras la responsabilidad personificada y te lo sabías todo. A partir de ese momento empezaban a concentrar sus atenciones en los que percibían como menos organizados, y creían que con estudiar para exámenes era suficiente. El día a día, muy relajado. En general. Hubo sus momentos de tensión, desde luego. Como cuando un profesor ponía un examen sorpresa (solían ser siempre los varones) y decía «15 minutos para repasar». Horror. Yo no tenía ni idea, como la inmensa mayoría de mis compañeros. Pero mis compañeros se abalanzaban sobre sus libros para intentar, en un cuarto de hora, retener lo mas posible. Craso error. Yo ponía cara de felicidad, cogiendo el libro casi con desgana, dejándolo caer sobre la mesa y perezosamente buscando la página. Una vez encontrada, sin reflejar para nada el terror ebullente en que estaba sumida, concentraba todas mis energías en meterme en la cabeza tales fechas, tales productos exportados, tales cursos de río.
Y, en general, nunca salí mal parada, porque es verdad que era despierta y, porque si en algo fallaba, D. Sebas se inclinaba mas por la benevolencia al corregir el examen de una niña trabajadora que había dado muestras evidentes de haber estudiado.
Cuando de ciencias se trataba, no hacían falta argucias. Tampoco hacia falta estudiar (no en EGB, desde luego), porque me bebía tan ávidamente la información según salía de boca de Sor Angela, que fuera el ciclo reproductivo de los helechos o los problemas sobre la capacidad calorífica, me iba a casa con ello puesto.
«Te tocas la punta de la nariz con el dedo cuando te concentras». Decía Gema.
«No sé. No me he dado cuenta».
«Yo probé el otro día, a ver que tal se me daban las mates, pero no note diferencia».
Gema era flacucha, pecosa y un poco como incolora. Tenia un tic en los ojos y siempre olía un poco raro. Se convirtió con el tiempo en una autentica belleza; y consiguió sacar Económicas a pesar de llevar la primaria y secundaria a trancas y barrancas. A su madre no le hacia gracia que se juntara conmigo. Yo no entendí nunca por qué. También es cierto que a esa señora le hacían gracia pocas cosas. No parecía salir nunca de casa y, cuando yo iba a buscar a Gema, me abría la criada, porque dona Maruja estaba siempre sentada a la camilla, con las persianas bajadas, en una penumbra permanente, fuera cual fuera la estación. Se sentaba en un sofá bajo, con lo cual el borde de la mesa le quedaba a la altura de la barbilla, y se arropaba con una manta marrón, fumando Fortuna; a veces hacia punto, pero no abandonaba el cigarro.
-«Buenas tardes»
-«¿A dónde vais hoy?» (destemplada).
-«No sé. Por ahí. Al parque». ¡Hala!, seis palabras tres respuestas. ¿Qué más quieres, Maruja?
Pero Maruja quería más.
-«No teníais que salir hoy. Y menos a estas horas. Hace muchísimo calor» (¿y tu manta, qué?)
-«Ya. Es que vamos a hablar de un trabajo que tenemos que hacer»
-«¿Qué trabajo?»
-«Un poster sobre la Virgen»
Un trabajo, y sobre la Virgen nada menos. Solo cabía achantarse, y doña Maruja emitió un gruñidito y nos dejó ir sin más.
Gema apareció en el comedor lista ya para salir, que en su caso consistía en echarse colonia (el olor siempre acababa aflorando al cabo de un rato) y equiparse con un enorme bocadillo sin el cual no la dejaban salir. El bocadillo nos acompañaría el resto de la tarde porque Gema solo desgastaba un extremo muy lentamente y, con un tercio como mucho consumido, se lo echaba a algún perro vagabundo cuando se acercaba la hora de volver a casa.
-Mutu esta inquieto… ¿Qué pasa?
-¡Ah! ¡Viene El Caminante! ¡No puedo seguir, no puedo!
La segunda historia de Siligaris
Mis amigos de la infancia. Parte 1.
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