Cuentos

DOOR 30

Hay muchos mundos. Algunos están conectados y otros no.
En realidad esto hay que matizarlo: algunos están directamente conectados y hay otros que requieren seguir extrañas rutas para llegar a alcanzarlos.

En este trayecto atravesábamos un paraje desolado («postapocalíptico» es una palabra que ya ha perdido todo sentido si se tiene en cuenta que todos los mundos que conocemos lo son y que todos los lugares que existen son distopías). Éramos un grupo, huyendo de otro grupo al que veíamos como «depredadores» o «cazadores» en el sentido de que venían a apoderarse de nuestros recursos. De toda clase de recursos y por la fuerza. Y esto sin duda es peligroso y no deseable ni permisible. Nosotros no éramos guerreros de modo que nos habíamos defendido lo justo para poder escapar sin que hubiese bajas en ninguna de las partes (éramos «preservadores», tanto de nosotros mismos como de los demás, a ser posible).

Atravesando un campo abierto llegamos a una gran casa que parecía una antigua mansión del sur de los Estados Unidos, quizás de South Carolina o de Georgia. Había algunos vehículos abandonados a lo largo del camino, parte metal y parte madera, pero estaban tan deteriorados y corroídos que no se podía precisar la época, salvo que probablemente serían de los siglos XIX o XX.

La casa – arquitectura antebellum pensé fugazmente, pero el pensamiento abandonó mi mente a toda velocidad – estaba parcialmente en ruinas pero no lo bastante como para no ser susceptible de ofrecer refugio o parapeto, al menos temporal. Una vez dentro, tratamos de clausurar todo acceso, cancelando puertas y ventanas con todo lo que pudiera servir para obturarlas.

Disimulada en el suelo de una cocina encontramos la puerta de entrada a un subterráneo, en principio un sótano o bodega, muy amplio. Dentro vimos que se extendía como una red de pasillos o galerías, que a su vez comunicaban con estancias probablemente usadas como almacenes o despensas, todo ello formando una especie de pequeño laberinto. Desde una de ellas surgía un túnel aparentemente muy largo, de esos que quizás podrían haber servido en algun momento y lugar para el contrabando o para la huída de esclavos o de presos – criptopórtico, fue otra palabra que también atravesó mi mente de manera fugaz -, así que preparamos luces para poder recorrerlo con cierta seguridad. Oíamos al grupo que nos perseguía comenzando a despejar por la fuerza los accesos cancelados a la casa. No tardarían mucho en lograr irrumpir.

Se tomó una decisión algo desesperada. Una vez todos abajo y a cubierto, provocamos una pequeña explosión que derrumbó la entrada al subterráneo obstruyéndola con escombros. Sería mucho más complicado despejar eso. Y comenzamos a avanzar con precaución por el largo pasillo.

No sé si fueron horas o días – descansamos varias veces, haciendo turnos de guardia a la luz de linternas y antorchas – lo que tardamos en llegar a otra amplia sala, que también parecía un sótano o bodega. Por su estructura intuimos dónde estaba la puerta que conducía arriba, al exterior. Pero estaba obstruída con escombros. Quizás alguien había hecho desde este lado algo similar a lo que hicimos nosotros en el otro extremo.

No había otra opción que esforzarnos en despejarla, retirando todos los escombros. Era una tarea ardua pero no imposible y era la única escapatoria. Sorprendentemente nos llevó menos tiempo y supuso menor dificultad de lo esperado, lo que nos hizo preocuparnos por la posible cercanía de quienes nos estaban siguiendo, aunque hacía tiempo, desde que comenzamos a recorrer el túnel, que no se oía nada detrás de nosotros.

Finalmente, al retirar algunas piedras y cascotes, llegó luz del exterior. Continuamos y vimos una vía de acceso que nos permitiría salir. Pero fuera no estaba precisamente despejado.

Lo que vimos era algo muy distinto al campo abierto donde estaba la casa sureña a la que entramos. Era una gran plaza en una ciudad que se asemejaba a Londres por las edificaciones y monumentos, también parcialmente derruídos, que se veían al fondo. La puerta que estábamos desbloqueando era la de un edificio clásico con columnas. En ese escenario un grupo heterogéneo de personas nos observaba con cautela. Sus atuendos hacían pensar en personas bohemias, hippies, beatniks, incluso punks, de las décadas intermedias del siglo XX. No parecían agresivos pero tampoco asustados, aunque sí a la defensiva.

Era muy probable que para ellos nosotros representásemos una amenaza, sobre todo teniendo en cuenta que aparecíamos desde un acceso, bloqueado a propósito, que habíamos reabierto. Quizás ellos pensasen, erróneamente, que nosotros éramos «depredadores» o «cazadores».

No sería sencillo pero era el momento de aventurarse a salir e intentar dialogar.

Se me ocurrió pensar entonces si el grupo de los que nos perseguían podríamos llegar a ser nosotros en algun momento o si aquellos a los que acabábamos de encontrar no pudimos haber sido nosotros mismos en otro.
Pero ese pensamiento fue también fugaz.

 

Door 30» is part of «The Infinite Doors» cycle, written between February 27 and 28, 2025)

[Soundtrack: Tears for Fears – Mad World]

All Neil A. Morrison’s work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 4.0 International License [creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/]

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