La historia de los tres golpes
Cuando diez años más tarde volví a escuchar su música recordé el desasosiego que le suprimió en Lille la cordura de los conciertos. Fue la tarde en la que Fran Lavender eligió aquella calle oscura a la que miraba la habitación de hotel que ocupé varios días en Madrid. Dejó la vieja funda de su saxofón en el suelo, se ajustó el sombrero y descubrió su cara para arrancar los acordes más tristes. Su música consideraba la belleza y la sabiduría de los años antiguos. En un piso bajo de Lille la vida me había sido severa pero tranquila hasta que rompí con el puño izquierdo aquel reflejo que me miraba desde más allá del espejo del baño. Mientras su música arrastraba hasta la calle oscura a los paseantes de Madrid, mi recuerdo se extendió hasta la distancia suficiente como para dejar de soñar. Volví a llorar. Entendí que solo él sabía las preguntas y solo él buscaría las respuestas.
Pensé que había envejecido en diez años como en diez vidas mientras trataba de calcular la altura de aquel cuerpo largo y encorvado. Cogí cualquier chaqueta, bajé los dos pisos que me separaban de sus acordes, esperé a que Fran Lavender recogiera sus cosas y le seguí hasta un portal en una cuesta cercana. Había caminado arrastrando los pies con su sombrero en una mano y la funda del saxofón en la otra. A duras penas alcancé el portal antes de que se cerrara la puerta, paré para escuchar los pasos cansados de Fran Lavender hasta el cuarto piso y oí la puerta del ático izquierdo.
Volé por las escaleras, pero pasaron varios minutos eternos hasta que decidí llamar. La tarde estaba acabando. No encontré ningún timbre. Miré otra vez la puerta hacia la que se enfrentaba mi puño izquierdo. Era blanca, desconchada, tan débil como la bruma.
Fran Lavender respondió a mis tres golpes arrastrando sus pies por un piso que adiviné de madera vieja. Abrió cansado. El trozo de su alma que aun respiraba respondía a unos ojos azules e inmensos en el rostro arrugado que yo nunca había visto tan cerca. Su voz fue ronca y severa, pero tranquila.
Has tardado diez años, Matilde.
La historia del reflejo


