Cuentos

La historia de la ventana

Hasta semanas más tarde no supe que el ático que ocupaba Fran Lavender pertenecía en realidad a un tipo extraño que perdonaba su alquiler sin preguntar motivos. Aquella tarde era un pequeño espacio que se abría a su espalda inundado por la luz que le llegada desde el oeste a través de tres ventanucos abiertos al cielo de Madrid. La estancia debía medir unos quince metros cuadrados, unos diecinueve si se incluía el espacio bajo la parte abuhardillada que abrigaba un colchón, dos cajones blancos y una estantería de madera. Esa parte apenas estaba separada del salón por unas vigas escuálidas de la misma madera. Todos los libros que desbordaban la estantería permanecían apilados contra las paredes de la estancia principal rodeados de plantas altísimas con hojas verdes o marrones. Una mesa baja y dos sillones negros completaban el escenario principal bajo los ventanucos. En una esquina, una estufa de leña que en su momento quiso ser azul empezaba a caldear el aire de otoño. Parecía mentira que nadie tuviera en esta época una estufa como aquella al lado de pilas de libros como aquellos. La cocina era más bien un pasillo delimitado por otras vigas escuálidas situado a la derecha de la puerta que se cerraba detrás de mí. El olor del fuego de leña y una fina capa de polvo hacían del escenario una especie de sueño aún más irreal. Dos huecos alargados en las paredes cubiertos por cortinas gruesas y una escalera pegada a la pared de la izquierda me indicaban que el ático no terminaba en lo mostrado. Allí nada terminaba en lo mostrado.

Yo todavía no había dicho una palabra ni destapado mi cara cuando Fran Lavender me hizo ocupar el sillón más cercano a la estufa mientras vertía en dos tazas pequeñas el café que salía de una cafetera minúscula. La conversación de unos vecinos alejados había desaparecido al ajustar la única puerta en su marco. Miré de nuevo hacia todas partes antes de coger la taza humeante con ambas manos para templar un poco mis nervios y porque no sabía qué otra cosa podía hacer. Por el contrario, Fran Lavender hablaba tranquilamente con su voz ronca y severa. Conservaba una buena parte de su acento francés.

 

Pasa. Supe que me seguías, te estaba esperando, pero no me refiero a esta tarde, sino a la tarde en que Palloncy te alquiló mi piso bajo en Lille. Intenté venderlo cuando lo dejaste, pero no me manejo bien en las cuestiones menos cotidianas y ahora tengo un piso bajo y vacío en la calle Tanneurs. Cuidado con esta taza, la compré en Portugal, buenos tiempos. No te preocupes, no lleva drogas o similar, puedes beberlo.

Eligió un libro de cubiertas azules que se mantenía hasta entonces en una de las pilas y escribió en los márgenes con un lapicero amarillo: “Puedes beberlo”. Mientras hablaba iba actuando sobre las tazas y el libro. Su acento aún me permitía entender lo que trataba de decirme.

Podrías derribarme con los tres golpes. Mi nombre es Fran Lavender. Te vi también en el último concierto, el que dimos en el edificio de la ópera después de la orquesta local. El jazz fue mi vida. Quizá aún lo es. Y escribe “la ópera, el jazz”. Las carreteras y los trenes, mis compañeros, las habitaciones de hotel. Palloncy, el de la barba incompleta, estaba conmigo en aquel café. Y escribe “Palloncy, de Lille”.

Fui leyendo lo que escribía y comparando con lo que decía sin atreverme a rechazar su café negro y sin azúcar, exquisito. La sorpresa y la curiosidad me habían dejado sin pensar palabras. Intenté no descubrir demasiado mi rostro porque mis numerosos viajes en transportes públicos me obligaban a separar mi respiración del aire. Pensé que era una buena excusa para ocultar mi expresión. Nada terminaba en lo mostrado.

Cuando acabó la poca luz que le quedaba a la tarde, Fran Lavender se levantó para encender la bombilla que colgaba del techo y recorrió los tres pasos que le separaban de la cocina para poner en un plato hondo un puñado de patatas y unas aceitunas, poco más había aparte de una bolsa de galletas. Puso el plato en la mesa baja delante de mí y comió también mientras describía la emoción del primer concierto en un pequeño escenario cerca de París, los primeros aplausos, las primeras emociones. El libro azul descansaba en la mesa baja mientras yo acababa las aceitunas. En algún momento del monólogo, una sombra rápida recorrió el libro de derecha a izquierda. El instinto me llevó los ojos a la bombilla para elucidar el origen de esa sombra, quizá una polilla. Seguía como podía el trozo de conversación que se refería al saxofón encontrado en una tienda de París. De repente, pasó la misma sombra rápida, volví otra vez sobre la bombilla y algo cambió. Fran Lavender ató sus ojos azules a los míos con la profundidad de lo antiguo, abrió el libro azul por una página señalada y me enseñó lo escrito:

“Nunca confíes en lo que digo, nunca. Solo confía en lo que haga, nunca en lo que diga. Lee con atención. Una presencia no puede tocarte y no puede hacerte daño. Pero puede convencerte de que actúes. Son sus intenciones. Recuérdalo. Mañana te estaré esperando.” En silencio, señaló con el dedo cada palabra y subrayó varias veces “Recuérdalo”. Cerró el libro con un golpe seco y lo puso en mis manos mientras me empujaba hacia la salida sin decir una palabra más.

 

Era ya noche cerrada cuando llegué al segundo piso del hotel. Abrí la ventana que daba a la calle oscura que ahora estaba completamente desierta. Reconozco que dudé al abrir los grifos de agua caliente del baño, pero una calma extraña me movía a buscar el recuerdo que arrastraba desde que salí gritando al pasillo común de un edificio de la calle Tanneurs. Al principio, solo reconocí mi propio rostro reflejado en el espejo. Sin embargo, unos minutos más tarde, la bruma me nubló en parte los sentidos y tuve que sacar el poco valor que me quedaba para no salir gritando al pasillo común del hotel. Los ojos de mi reflejo desaparecían poco a poco bajo nubes oscuras mientras mi pelo se volvía blanco, cada vez más blanco. Los dos agujeros me miraban más reales que los ojos. El terror de mirarme a través de aquellos ojos vacíos que dejaban de ser míos me arrastró hacia atrás, caí en la bañera oxidada, me levanté apoyándome en el suelo frío y corrí hacia la ventana intentando ahogar un grito que me salía de lo más profundo del ser. Todo era una sombra rápida. Cogí aire varias veces sin atreverme a abrir los ojos e intentando no escuchar los latidos en todo mi cuerpo. Tres golpes en la puerta me obligaron a tomar conciencia de la realidad, recordé las palabras escritas de Fran Lavender, abrí los ojos y descubrí mi cuerpo arrodillado sobre el alféizar. Solo un instinto de supervivencia que no conocí hasta entonces me lanzó hacia el suelo del cuarto. Recuerdo una llave y la puerta de la habitación que cerré en mi salida. Pasé las horas que me separaban del amanecer temblando en las escaleras que conectaban el segundo piso con el resto del mundo. El pasillo estaba vacío y allí no hubo nadie más aquella noche.

Apenas había luz cuando volví a entrar en aquella habitación. No recordaba haber cerrado los grifos. La ventana parecía entreabierta a un viento suave. Allí no había entrado nadie en ese tiempo. Cogí una chaqueta cualquiera, me aferré al libro azul que había logrado abrazar antes de huir otra vez de la sombra y volví a la calle donde la tarde anterior acabé de seguir a Fran Lavender. La cuesta era gris y negra bajo las farolas amarillas. El portal estaba abierto. No dudé en subir los cuatro pisos que me separaban del ático, pero sí paré antes de llegar al pasillo que daba a su puerta. Estaba abierta. Fran Lavender esperaba atando sus ojos azules a los míos con una expresión casi cruel. Lloré. Caí al suelo, tiré el libro hacia el interior del ático.

– Mi nombre no es Matilde.

La voz de Fran Lavender fue ronca y severa mientras miraba mi rostro entero por primera vez.

– Tu nombre es Matilde.

Intentó una sonrisa triste cuando me enseñó lo que estaba escrito en el dintel.

«A veces, sí.»

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