Cuentos

El pacto y la realidad

El libro azul siguió en el suelo del ático que ocupaba Fran Lavender. Una sombra rápida pasaba de derecha a izquierda cada vez que lo miraba. El hotel y la noche quedaron tan lejos como el amanecer. Miré hacia las ventanas tratando de encontrar el origen de esa sombra. Las letras de Lavender fueron tan severas como su voz cuando escribió en algunas hojas amarillas que debíamos ayudarnos porque ambos compartíamos un lugar extraño entre los espejos. Sospechaba que algo en su música fue la causa o el proceso. No pregunté nada, pero sentía como el terror que casi me impulsa a saltar por una ventana abandonaba mi cuerpo agotado de tantas horas de vigilia. Intenté pensar razonadamente mientras las manos de Lavender hacían girar el lapicero. No podía ser de otra manera, debía seguirle tanto como él debía esperarme si queríamos llegar al final de todo lo que ya había hecho de Lavender un músico extraño en las calles de una ciudad extraña. Si yo no quería acabar así, debía dejarme ayudar por un desconocido que compartía mi lugar. La invasión de otras realidades acabaría con su alma, pero estaba convencido de que solo la sabiduría de la muerte podría ayudarle.

La gruesa cortina al final de la cocina conducía a un cuarto de baño que carecía de lavabo y de espejos. Dos ventanucos redondos daban a una calle invisible. Después de la lavadora, las camisas y las chaquetas de Fran Lavender colgaban de una cuerda hasta la bañera. Nada podía reflejar mi rostro viejo y agotado por los años que habían pasado esa noche, pero sabía que mi cabello tornaba blanco en aquella oscuridad irreal. El aire frío confundía mi espalda, pero me mantuve fuerte. Limpié mis ojos hinchados y mis manos oscuras. Escuché mi respiración antes de volver a colgar la cortina en su gancho y salir al cuarto principal. Seguía con vida.

La pequeña taza de café negro dejó de temblar entre mis manos cuando se oyó una llamada en un teléfono anacrónico que Lavender sacó de algún lugar de la cocina. Aquel día en que debía estar en un laboratorio de Madrid a las nueve de la mañana, también yo cogí mi teléfono de última generación, alegué unos síntomas que no por ficticios eran inciertos y evité cualquier respuesta. Allí mismo, en medio de una realidad y una mentira, empezó la nueva inquietud de formar parte del resto de vida de Fran Lavender. Solo habían pasado horas, pero sabía que jamás podría decirme mucho más que cuentos si dejaba que hablase y no era el momento de escribir la realidad de lo que estaba pasando.

Llegamos hasta Alvarado en un vagón con apenas rostros tapados y ojos somnolientos. Él no me explicó ni yo pregunté, solo le seguí hasta una calle en la que varios coches de policía y una ambulancia iluminaban el entorno en silencio. Entramos en un apartamento que miraba hacia la corrala desde el primer piso. Pude ver un salón rectangular hacia los dos huecos que formaban los balcones a la calle iluminada. Más allá de los desconocidos a los que Lavender habló con su acento francés, un cuerpo permanecía retorcido entre un sofá y la pared del fondo. Podría ser visible a través del balcón de la derecha. Lo miré fijamente, era el primer cuerpo sin vida al que me enfrentaba y no pude quitármelo de la realidad en muchos meses. El rostro amarillo estaba descompuesto y formaba una mueca estremecedora, los ojos muy abiertos indicaban algún lugar entre las estanterías vacías del otro lado de la habitación y las manos se retorcían en la alfombra con todo el dolor del que fueron capaces. La ropa parecía de calidad, pero estaba destrozada por el tiempo. El cabello largo conservaba todavía algunas mechas pelirrojas de la juventud. Estaba descalzo. En una mesa aparecía una copa pequeña de vino tinto. No había sangre, pero eso lo sé por algunas fotografías que aparecieron posteriormente. Una televisión pequeña continuaba encendida.

Sin dejar de hacer preguntas sobre las circunstancias de la muerte, Lavender se acercó a la estantería y sustrajo sin apenas movimiento uno de los libros que parecían más azules. Supe después que los márgenes estaban llenos de anotaciones. Nadie había visto nada, nadie había oído nada, alguien llamó a la policía y nada más podía explicarse por ahora. Se diría un infarto. Lloró sobre el cuerpo y contestó por fin las preguntas acertadas. El viejo había llegado hasta Madrid el año anterior cuando abandonó la orquesta porque necesitaba un lugar retirado para respirar otro aire y afanarse en la composición de obras nuevas. No era tan viejo, pero le decían el viejo porque era diez años mayor que el resto en los inicios de la banda, cuando fue su maestro y su amigo. Vivía solo. Las rentas de los conciertos habían sido más generosas con él. Le echaría de menos. Este era el número de su abogado. No había nadie más en Madrid a quien avisar. Supe después que el viejo había abandonado Francia cuando Fran Lavender empezó a perder el control de lo que decía. Sabía entender porque había sido testigo de las conversaciones que un hombre acabado tenía frente al espejo cuarenta años después de la muerte de Matilde. La realidad se nos había echado encima. Salimos a la calle iluminada, anduvimos hacia el metro cuando empezaba a llover y leímos en el siguiente vagón lo que el viejo Siligaris tenía que explicarnos.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad