Cuentos

La naturaleza onírica de la vida

El día de la partida me habría ido a cualquier lugar con cualquier desconocido. Con un cerebro en plena ebullición, manando sugerencias constantemente como en una tormenta de ideas, la ocurrencia más peregrina me habría parecido adecuada. Sin embargo, siempre he tenido un exagerado sentido de la responsabilidad que me pesa encima como una losa.

 

La sensatez parece modular la frecuencia de mis ondas cerebrales, de tal forma que pierden resolución. En el momento que se produce el ataque de cordura el brillo de mis pensamientos se atenúa como la luz del sol en un eclipse. Entonces, todas esas sensaciones que recorren el interior de mi cabeza suenan como un viejo disco de laca de los años 30 o 40 del pasado siglo. Lo mejor que puedo esperar de esa situación es que pueda oírlas como quien escucha los antiguos doblajes de las películas de romanos.

 

 

Durante un tiempo el pensamiento se vuelve circular y realimentado. Aunque amplíe mentalmente el campo de visión, lo único que veo son pequeños recovecos que siempre mantienen su estructura, como un fractal clásico. Aunque cambien parcialmente su orientación, conservan la forma, por lo que la situación de bloqueo mental es difícilmente modificable. En esos momentos más me vale tener cerca a alguien que sea capaz de sacarme de mi ensimismamiento. Y eso es lo que ocurrió, precisamente, aquella tarde de abril.

 

La vecina de la casa contigua empezó a tocar el piano. Como de costumbre, no supe reconocer la melodía. En primer lugar, porque hay ciertos tonos que a mi oído le cuesta procesar. En segundo lugar, porque escuchaba los gritos de un buen número de niños que estaban jugando en el parque de al lado. Sin embargo, en este caso, sonaba poco a poco cada vez más familiar, como si ya la hubiera escuchado en un pasado remoto. Aquella melodía vino, de alguna forma, a desconectarme del bucle mental espacial en el que me encontraba inmerso y a introducirme en otro laberinto, en este caso temporal.

 

Los que han vivido experiencias cercanas a la muerte dicen que ven pasar toda su vida delante de sus ojos, como un “video mapping” proyectado sobre una pared blanca. Creo haber sentido algo similar al escuchar ese piano, con un tempo que, poco a poco, iba ralentizándose permitiéndome analizar cada pequeño matiz de esos recuerdos que sentía volver al presente. Desde pequeños volúmenes mentales, una infinidad de sonidos, olores y sabores inundaban aquel instante propiciando la aparición de una realidad aumentada que se desarrollaba justo delante de mí.

 

En este contexto tan extraño pude percibir que muchos de los recuerdos que asumía como hechos ciertos no lo eran. Tan sólo consistían en alteraciones de situaciones que, en condiciones normales, no se parecían ni remotamente a la realidad pero que, durante el transcurso de los años, había asimilado. Ni siquiera coincidían las fechas, ni las personas. Esto me hizo reflexionar acerca de la naturaleza onírica de la vida. ¿Acaso no se comporta la realidad como un gigantesco sueño en el que todos sus personajes y situaciones no son más que figurantes y decorados? Pensé que era curioso que, en tan poco intervalo de tiempo, se hayan dado tres situaciones que se explican por modelos matemáticos similares. En el primer caso en un contexto espacial, en el segundo temporal y en el tercero mágico. A pesar de la diferente naturaleza de cada uno de ellos, esa pequeña alma fractal que los relaciona parece sugerir algo extraordinario.

 

 

Entonces, mi natural curiosidad empezó a atar cabos y a tratar de racionalizar ese contexto. Me estaba dando cuenta de que aquellas notas musicales tenían un efecto inesperado. Esos sonidos provocaban reacciones probablemente no buscadas, pero eficaces. La autora de aquella secuencia melódica no se había percatado del increíble poder que ejercía sobre mí simplemente por pulsar las teclas del piano de esa forma. Me tenía totalmente a su merced.

 

En esta vida, todo tiene su momento y su lugar. Y era éste. En cierto sentido, ella había sabido conseguir de una forma totalmente simple que todo aquello que me importaba desde que nací se situara en un primer plano. Tenía que averiguar si lo hacía de forma consciente o inconsciente, ya que me sentía muy bien, pero desprotegido y desnudo, así que decidí ir a visitarla.

 

Como su jardín es contiguo al mío, me asomé por encima del seto de pino que delimita el recinto con intención de averiguar si tenía alguna visita en aquel momento. No quería importunar. No vi a nadie ni escuché nada diferente al sonido del piano.

 

Salí de casa, con cierta inquietud, y pulsé el timbre de la entrada, pero nadie contestó. Desde allí no escuchaba la música ni a los niños del parque. Tan sólo los cantos de los pájaros que anidan en los árboles de la acera. Árboles que, por cierto, han crecido de forma desmesurada. Empujé levemente la puerta con la esperanza de que estuviera abierta. Normalmente, en estas casas no se cierran las puertas porque estamos continuamente entrando y saliendo con cualquier excusa. No fue una sorpresa, por tanto, que estuviera abierta, así que entré y llamé a mi vecina elevando un poco el tono de voz. No hubo respuesta.

 

 

Empecé a preocuparme por momentos. Me parecía estar viviendo una situación bastante confusa, por lo que nuevamente me entraron las dudas y empecé de nuevo a sentir una sensación similar a la que había vivido minutos antes al reflexionar sobre la naturaleza de los hechos y de las cosas. A pesar de todo, decidí entrar en la casa, arriesgándome a que alguien advirtiera mi presencia y pudiera ocasionarme algún problema.

Inmediatamente enfrente de la puerta de la entrada hay una escalera que conduce a la planta superior. A ambos lados de la escalera se sitúan, respectivamente, la cocina y el salón, pero, en ese instante, allí no había nadie. Las ventanas estaban cerradas y no se veía ninguna luz encendida. Mi inquietud y preocupación aumentaban, aunque me podía la curiosidad, por lo que decidí subir por la escalera. En ese momento percibí dos notas del piano espaciadas unos pocos segundos. La primera tenía un sonido mucho más fuerte que la segunda. Me pareció que no pertenecían a la melodía original que había escuchado previamente. A esas dos notas siguieron varias más.

 

Me quedé petrificado.

 

El problema de los tres cuerpos siempre ha supuesto un reto de gran complejidad en la ciencia y en la vida, por lo impredecible de su desenlace. Al igual que el comportamiento de las trayectorias planetarias en sistemas ternarios es difícil de determinar analíticamente, el devenir de los acontecimientos cuando más de dos personas intervienen en una misma tarea puede desembocar en caos.

 

Tenía claro que aquella melodía que estaba escuchando no podía proceder de la misma persona. Todas las sensaciones positivas que estaba sintiendo cuando decidí acercarme a averiguar su procedencia se convirtieron en desapacibles y desasosegantes. Ya no tenía ganas de subir las escaleras para ver quién se encontraba junto al piano. De repente, un cúmulo de sentimientos negativos cayó sobre mí como una cascada. Literalmente pensé “No es justo que una situación inesperada pueda generar tantas expectativas para, al poco tiempo, acabar así, con un sentimiento amargo”. Pero ¿quién decide si los acontecimientos son justos o no?

 

Me di cuenta de que la percepción que yo tenía de la realidad era totalmente subjetiva y personal. En aquella casa había dos personas que, al tocar el piano, me provocaban sentimientos totalmente enfrentados. Ambas lo hacían de forma excepcional, pero, mientras una de ellas me hacía sentir bien, la otra no.

Decidí volver a mi casa, reflexionando sobre la delgada línea que separa la felicidad de la desazón y sobre la fragilidad de la dicha. Percibí claramente la levedad de las sensaciones que nos producen bienestar. Entonces pensé que era mejor seguir mi propio camino sin contemplar más espejismos cercanos ni dejar que los sueños y la realidad se confundan.

 

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