Cuentos,  Historia

Huellas en el asfalto

El asfalto desgastado, lleno de fisuras, resguardaba todo el calor de esos días de verano. Había pasado un coche al amanecer mientras los grillos sonaban entre los hierbajos que cubrían la tierra reseca. Una flor brotaba de una de las grietas que cubrían el camino. Era de un tono amarillento, como un campo lleno de trigo bañado con la luz del sol. El paso del tiempo retorcía las ramas del chopo que daba sombra en el camino. Un árbol solitario entre tanto campo que acompañaba a los girasoles entrado el verano.

A lo lejos, se apreciaban las casas, una a una, de color cobrizo. Observando con detalle, el conjunto inmortalizaba una de esas fotografías color sepia que envejecían nada más mirarlas. Era un 30 de junio de un año cualquiera, pero el silencio continuo simulaba una pausa en el tiempo, el final de una tormentosa vida disfrutada por miles de personas.

 

 

¿Dónde están ahora? ¿Qué pasó con todas ellas?

Dicen que lo rural está de moda. En la puerta de la casa más grande se consigue leer ‘1936’. Un año negro para muchos, para otros, un año más. Tiempos antiguos en los que había eso que llaman guerra.

Varios son los testimonios que aún siguen recorriendo el país en busca de respuestas.

Mariela dice que a su padre lo mataron por no tener dinero, que lo mataron de pobre. Buscaban acabar con su vida, pero dejaron su nombre en la memoria. La búsqueda de los restos de su padre, el carpintero del pueblo, aún continúa. Años de lucha por saber dónde yace, dónde fue enterrado cuando su hija aún jugaba en el patio del colegio repleto de niños. Unos  pocos  comentan  que fue perseguido durante un año  hasta  que lo encontraron escondido en casa de su hermana, otros aseguran haberlo visto en su comedor cenando hasta el día de su captura. Nunca lo sabremos, pero lo que si tenemos claro es que fue asesinado sin tener la culpa de nada.

 

 

 

Antes, en el pueblo las casas estaban habitadas y desprendían alegría. Las familias, formadas por 8 miembros se juntaban para comer. Hoy, justamente hoy, en esa casa situada en la plaza de la iglesia, el cantar de las cigüeñas retumba en todas sus esquinas. Sin embargo, aún se consiguen apreciar los libros que leían los niños. Las hojas tienen un tono amarillento con varias páginas marcadas con dobleces en algunas esquinas. La poesía de Antonio Machado describía todo ese entorno que recogía aquella casa, con la verja de color rojo, de aquellas vidas pasadas.

Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde obscuro en que el merino pasta, 
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino, 
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor las nuevas hojas 
y en las quiebras de valles y barrancas
 blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.

Esa naturaleza sigue su transcurso. El mundo pastoril ya no retiene ese ambiente idílico que pintaban en los cuadros. Ahora, toda la humareda de ese polvo sahariano difumina el paisaje y escribo de forma actualizada unos versos de esos campos de Castilla que tanto amaba Machado.

 

Contamos puentes y caminos 
Deambulando por la orilla del río 
Cubiertos por un mismo hilo

Sintiendo como palidece el azul del cielo. 
Morimos entre las ramas
La despoblación tiñe el horizonte 
Ya sea de día o de noche
Es un pueblo sin habitar.

Crecimos entre los escombros 
Resecos los ríos
Ojalá que la lluvia haga crecer 
Aquellos cantares radiantes 
Entre risas y semblantes

Abandonaron la vid y el trigo 
en busca de una vida laboral 
La amapola espera al barquero 
Mientras cae la primavera

Las campanas resuenan a lo lejos… 
El marrón del olvido
Fue absorbiendo cada muro. 
Cada esquina de aquella casa 
engullida por cientos de zarzas.

El eco invadía por completo 
Todos esos huecos
Que permanecían intactos 
Después de huir a la ciudad.

El polvo permitía recordar
Los sonidos que se habían mezclado 
Los momentos delicados
Y los días más soleados.

Murmullos que provocan 
Nostalgia e incertidumbre 
Revelados en blanco y negro
Como si de una fotografía se tratase


 

Saliendo del pueblo se ven los destrozos vandálicos de los jóvenes que muestran su arte spray en mano. Grafitis con letras de gran tamaño con un significado que sólo algunos entienden repetidos por cada muro destrozado. Corazones con iniciales que han sido escritas con una tinta desgastada del uso en paredes de ladrillo.

Pierdo el rumbo. Sigo por el campo en busca del chopo que da sombra en el camino. Somos como ríos, que nacen en montañas, forman nuevos recorridos por donde corren sus aguas encontrando el hueco donde poder quedarse. Llegan hasta el mar o se convertirán en lluvia  después  de  haber aguantado los  días  de verano.  Estamos  en continuo cambio, renovación, reconstrucción de cada detalle, formulando preguntas a veces sin respuesta, pero seguimos memorizando todas aquellas pisadas que convirtieron la historia en un camino con bifurcaciones que tarde o temprano volverán a juntarse rehaciendo esa travesía un entramado perfecto.

 

 

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