DOOR 61
La historia del gato que vino de la Luna ronda con frecuencia dentro de la maraña de mis pensamientos sin que logre reconocer con seguridad si se trata de una leyenda o de un cuento infantil, o quizás de una metáfora o incluso de una parábola. En mi cabeza yo la siento más bien como el recuerdo (o el reflejo del recuerdo) de un sueño.
El gato vivía en la Luna y un cierto día se quedó fascinado por una extraña luz que parpadeaba dentro de un recoveco de unos de los múltiples cráteres del paisaje que recorría a diario durante sus paseos. A los gatos – esto incluye a los que viven en la Luna – les apasionan las pequeñas luces en movimiento y no puedo evitar sentirse atraído y lanzarse a intentar atrapar el parpadeo.
Algo extraño – incluso para él, acostumbrado como estaba a las cosas consideradas como extrañas por la mayoría, pues no podía negarse que eran sus favoritas – sucedió en el preciso momento de caer con sus garras delanteras sobre la pequeña luz parpadeante. De golpe se sintió como girando dentro de una espiral que no distinguía direcciones en las que puedera apoyar su sentido especial para recolocar su cuerpo en movimiento. Tampoco distinguía duraciones y no supo si esa especie de mareo duró segundos o días.
En la práctica, supongamos que fueron segundos, o incluso menos, pues ya se encontraba de nuevo quieto, parado sobre sus cuatro patas – su formidable equilibrio de alguna forma había funcionado incluso sin referencias – pero en un lugar desconocido, de paredes lisas y azules y sobre el que brillaba un cielo azul al que no estaba acostumbrado, tachonado de una serie de jirones algodonosos que en nada se parecían a las estrellas que conocía. Trás él había un pequeño hueco en la pared azul por el que su cuerpo parecía caber sin dificultad. Metió su cabeza y de golpe se vio envuelto en el mismo torbellino y, tras un tiempo igual de indeterminado, se encontraba de nuevo en la Luna, dentro del cráter al que había saltado y junto al punto donde había visto la lucecita que le atrajo, que había desparecido.
Una extraña sensación – extraña incluso para él, acostumbrado como estaba a sensaciones consideradas como extrañas por la mayoría, pues no podía negarse que eran sus favoritas – le invadió y de alguna forma echaba de menos el inefable viaje y sentía una curiosidad cada vez mayor acerca de lo que recordaba (o creía recordar, tampoco de esto estaba seguro del todo). La curiosidad y los gatos – esto también incluye a los que viven en la Luna – mantienen una tormentosa relación, como sabemos, con consecuencias diversas para ambos (suele hablarse de lo que le sucede al gato pero no menos interesante es lo que puede sucederle a la curiosidad, aunque esto es un tema que dejaremos para otra ocasión) y dicha curiosidad hizo que en adelante el gato de la Luna se acercase frecuentemente al cráter en busca de la luz parpadeante y de la inquietante experiencia posterior que probablemente le ofrecería.
Volvió e encontrarla – esto era inevitable – y repitió el viaje al lugar desconocido. Allí estaban las mismas paredes lisas y azules pero esta vez el cielo era negro y con estrellas como aquel al que estaba acostumbrado. El gato y la curiosidad, juntos, llevaron a la exploración. Lo primero, salir de aquella especie de cuenco de paredes azules; al principio parecía complicado al ser resbaladizas, pero la agilidad del gato y la inercia de la curiosidad lo hicieron más sencillo de lo que aparentaba y en seguida se encontró con un horizonte más amplio que prometía un nuevo mundo de aventuras y exploraciones.
Y así fue, durante un tiempo. Entraba y salía de ese mundo de la misma misteriosa forma: la luz parpadeante en el cráter y el pequeño hueco en la pared azul del resbaladizo cuenco. Descubrió los seres que en ese mundo vivían, aprendió las reglas para moverse sin sufrir daño ni ser atrapado… fueron unos primeros tiempos muy interesantes.
Pero una de las veces, huyendo de unos de los perros de ese mundo (también había perros en la Luna, claro, pero los de aquí eran diferentes, como los gatos de este lugar que, si bien le acogieron con cierta facilidad cuando los conoció, siempre se mantenían a una cierta distancia de él y le miraban con suspicacia) que le perseguía de una forma especialmente preocupante, corrió hacia el cuenco azul en busca del agujero por el que siempre regresaba a la Luna y lo encontró completamente lleno de agua, como los lagos y ríos que había descubierto en ese nuevo mundo. El agua y los gatos – y esto de alguna forma también incluye a los que viven en la Luna – también tienen una relación complicada (aunque también esto es un tema que dejaremos para otro momento) pero la urgencia de ponerser a salvo era primordial y el gato de la Luna saltó al agua buscando el pequeño agujero. Se sumergió hasta el fondo sin pensar en el peligro o las consecuencias y, de una forma u otra, el agujero fue en seguida accesible; el viaje espiral fue un poco distinto pero le condujo de nuevo al cráter lunar, el cual sin embargo ahora estaba por primera vez anegado de agua, como los lagos y ríos que había conocido y como se suponía que eran – en proporción incluso mayor – los llamados mares de aquel mundo.
Quizás aquel fue el primer mar de la Luna cuyo nombre fue estrictamente merecido. Pero no fue el último. Las pequeñas luces parpadeantes surgían en otros cráteres. El gato – y otros gatos lunares que habían comenzado a seguirle y a unirse a sus exploraciones – continuraon viajando entre mundos y adentrándose en el lugar extraño, explorando y aprendiendo. Y al agua siguió fluyendo en espiral entre ambos mundos. Muchas cosas cambiaron y otras muchas sucedieron a raíz de todo esto, pero en otra ocasión serán contadas.

En el recuerdo (o el reflejo del recuerdo) de un sueño que recurrentemente surge dentro de mi cabeza sucede que yo experimento todo esto en primera persona.
Como si el gato de la Luna fuese yo.
(«Door 61» is part of «The Infinite Doors» cycle, written on September 27, 2026)
[Soundtrack: The Essence – (The Cat + Endless Lakes + A reflected dream)]
All Neil A. Morrison’s work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 4.0 International License [creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/]
EL CONSENSO
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