Cuentos

Mis amigos de la infancia. Parte 2.

Notó el calor del sol en su espalda, traspasando su uniforme de Príncipe de Gales.

No podía dejar de admirar unas diminutas flores que había en un jardín del patio de ese viejo colegio construido con piedra gris. Esas flores serían el mayor descubrimiento que había hecho hasta entonces. Entendió en ese instante el verdadero concepto de belleza. Embelesada, llegó a abstraerse tanto que el sonido del bullicio del recreo parecía encontrarse a decenas de kilómetros.

Ese momento se vio interrumpido por la voz de Sor Manuela, que le preguntó si le gustaban las flores. Ella respondió con un escueto «sí», ya que su timidez no le permitía verbalizar nada más. A partir de entonces, ese jardín sería una parada obligada en todos los recreos, para volver a contemplar las flores.

Sor Manuela entró en el jardín, sacó unas tijeras de un bolso negro y comenzó a cortar unas rosas blancas. Cuando terminó se acercó y, cogiéndole la mano, le preguntó si quería acompañarla a la capilla a poner las rosas en el jarrón de la Virgen. No contestó, se limitó a acompañarla.

Llegaron a la capilla. La luz era tenue, ya que sólo había velas encendidas. Le gustó el olor a incienso y notó una sensación que en su corta vida no había experimentado nunca, una especie de halo de protección.

A las cinco de la tarde salió del colegio. Volvió a casa con su pequeña cartera, sola, ya que nadie la iba a recoger. Mientras observaba cómo sus compañeros eran recibidos por sus madres, padres o abuelos, esbozó una sonrisa. En el fondo, le gustaba pensar que parte de esos recibimientos le pertenecían, porque adoraba escuchar esas risas, los besos y ver esos enormes abrazos.

El camino de vuelta era fácil. Sólo tenía que caminar por la acera del lado izquierdo hasta llegar a su portal, para después subir las escaleras de esos cuatro pisos que parecían interminables.

Cuando llegó a su puerta llamó al timbre. Le abrió su madre. Ni sonrisa, ni beso, ni abrazo. Sólo pudo entrar a la cocina a coger el bocadillo. Después, inmediatamente, tuvo que salir porque su madre, como todas las tardes, estaba en la cocina con unas vecinas hablando de cosas que ella no tenía que escuchar. 

El tiempo se hacía eterno esperando a que su padre volviera de trabajar. Sólo quería ir con él al parque. Se sentó en el suelo del balcón entre las macetas de unos geranios rojos, levantándose cada vez que escuchaba un coche para comprobar si su padre había llegado ya.

Probablemente esas largas esperas fomentaran su aversión a las mismas en el futuro.

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