Cuentos

La historia del reflejo

Escuché la siguiente historia en un céntrico café de Lille famoso por los peculiares orígenes de los socios fundadores. No puedo asegurar su veracidad, pero si puedo describir el desasosiego del protagonista. Escondía su pelo canoso bajo un sombrero grande que arreglaba de forma ininterrumpida con ambas manos, mientras no podía llegar a simular cierto grado de tranquilidad humana. Intentaba fijar sus ojos, pero no veía más allá de la historia que relataba. El otro hombre, aparentemente un buen amigo, tenía ese aire inteligente que sólo un buen músico puede adquirir tras una vida ajetreada. En aquel entonces mis conocimientos del francés eran bastante limitados, y la situación no invitaba a preguntas. Pero aun así comprendí lo suficiente.

Fran Lavender, de París, dejó por fin su sombrero en la mesa y rompió el silencio.

No puedo volver. Tienes que comprender que ya no habrá ningún otro viaje, ni ningún otro concierto. Cuando la mente empieza a jugárnosla es que ya no estamos para leer en voz alta. Sólo podemos limitarnos a intentar no repetir una y otra vez la misma pregunta, una y otra vez, una y otra vez. No intentes convencerme, no es la vergüenza de haber salido en esas condiciones al pasillo, te asusté con mis gritos, lo sé, lo siento, pero no puedo tocar, nunca más.

Nicolas Palloncy, de Lille, recordaba la historia.

Micaela fue amortajada por su hija Matilde cuando ésta tenía 6 años. Sábanas blancas rodearon su cuerpo pálido, algodón, otras texturas. Es difícil explicar a una niña qué hacer cuando se va a morir. Matilde ya no tuvo más familia y tuvo que ser acogida en una congregación católica. Comprender el mundo le llevó más tiempo del usual y sonrió pocas veces. Nunca fue capaz de reír.

Mírame el pelo, blanco, cada vez más blanco. Ahora vengo, no te vayas, nunca te perdonaré si me dejas sólo, si grito entra. No sé, no voy. Ya no sonríes porque sabes que es cierto, tú conoces, tu eres de aquí, pero tú no has pasado por lo mismo. Pero tú sabes las preguntas y sabes las respuestas.

En 1957, Matilde fue casada en el mismo convento del que no había salido en 13 años. Micaela y Frances nacieron al poco tiempo, pero nadie supo nunca cómo aprendieron a hablar, ni para qué. Mientras el tiempo pasaba Matilde acunaba a sus niñas, les murmuraba palabras indescriptibles, apenas comía y nunca dormía. Y llegó el día en que las vistió de blanco para su primera comunión. Ninguna sobrevivió a la noche, el padre las encontró abrazadas en la cama grande y perdió la noción del contexto. Pasó los últimos cuarenta años tarareando melodías extrañas. El viejo Siligaris contaba como lo conoció en los prostíbulos de Marsella, las sabanas ajenas le ayudaban a intentar una explicación a la masacre. A veces hablaba con Matilde en el espejo del baño, pero luego se emborrachaba y olvidaba las voces de las niñas.

Necesito un vaso de agua, no puedo respirar.

En algún lugar de la calle Tanneurs, en un piso muy bajo, con el vapor del baño aparecen siluetas blancas en el espejo. Ocurre cuando llueve mucho o cuando escasea el sueño. A veces, la bruma toma la forma de dos niñas abrazadas entre velos blancos y azules. El silencio inunda el vacío entre la mirada y la nada. A veces, es el rostro de una mujer angustiada de órbitas vacías. La noche de San Juan es siempre una mujer amortajada que intenta explicar en algún idioma desconocido qué hacer cuando un cuerpo muere, pero nadie la escucha y entonces grita hasta que el observador no puede seguir eludiendo su responsabilidad. La invasión de universos extraños se pena con la muerte del alma.

Dicen que cuando se aparece un fantasma el frío es intenso, el pelo se encanece de repente y la mirada se extravía. Aquella noche fue la última actuación de Fran Lavender.

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