AFTER THE MAP
After the Map
“I sit at my table and wage war on myself…” [R.E.M. ‘World leader pretend’]
A tan sólo media manzana de la Plaza Syntagma de Atenas, donde volaban los cascotes y el gas lacrimógeno inundaba el aire, había gente sentada tranquilamente en terrazas tomando cafés y cócteles.
Se suele usar la expresión “Ahora la pelota está en tu tejado” queriendo señalar que, a partir de ese momento, algo está pendiente de que se encargue de ello la persona “dueña del tejado”. Pero yo no puedo estar menos de acuerdo con el uso de dicha expresión ya que, según mi forma de pensar, la pelota es siempre un problema que atañe al “dueño de la pelota”. Es decir, si a mí me dicen eso, puedo contestar sin vacilación: “Pues ven a por ella cuando quieras, si es que quieres recuperarla”. Es cierto que puede darse el caso de que la pelota sea “una propiedad compartida por ambos interlocutores” pero en ese caso, cuando me digan que se encuentra en mi tejado, les diré: “Ahí está a salvo. La guardo yo para siempre”.
En un lugar como Madrid las paradojas relacionadas con el sagrado concepto de la Libertad me asaltan a cada paso. Mientras el mundo se tambalea a nuestro alrededor me voy preguntando si sería preferible ir a nadar a una piscina cubierta, a una tienda de ésas modernas, de metrointelectuales, a ojear libros y cómics o quizás a tomar algo en ese agradable y tranquilo café semiescondido en una pintoresca callejuela.
Hay que gente que directamente les pide la propina a los clientes sin el más mínimo reparo, eliminando con ello de forma inmediata el propio significado de ese concepto. Si hay que pedirlo – de hecho, si puede pedirse – ya no es propina, es salario. Y siendo eso, se están equivocando de interlocutor, cosa que por otra parte lamento por ellos pero que no deja de ser un hecho. Pedir el propio salario, exigirlo, no sólo es un derecho, es casi una obligación. La propina, por el contrario, es – como deberían ser los regalos, otro tema controvertido – algo que debe caer literalmente del cielo, tintineando de manera alegre por su propia gratuidad; de no ser así la tristeza engulle su ya de por sí exigua importancia.
En los pasillos del metro, en Brooklyn, un hombre de edad madura y aspecto pulcro interpreta “Summertime”, un estándar del jazz melódico, con una voz profunda y atractiva. Siento un inmediato y efímero deseo de agradecérselo dándole unas monedas y también, simultáneamente, otro deseo, igual de inmediato y efímero, de ocupar su lugar, de ser yo el que esté cantando y que alguien me dé monedas a mí. Ambos deseos se extinguen al instante, como débiles llamas bajo la implacable y fresca brisa de la realidad.
En la famosa película de Spielberg en la que muestra una visión esperanzadora de la condición humana incluso en medio del Holocausto del pasado siglo hay una escena que se quedó grabada a fuego en mi memoria y en mi conciencia. El oficial nazi cada mañana se asomaba a la ventana y apuntaba al azar con su fusil a algún prisionero judío del patio del campo de exterminio. Y, como si de un juego sin consecuencias se tratase, lo abatía, como se derriba un objeto que hace de diana en las prácticas de tiro. Ante la cuestión de por qué lo hacía, él respondía que esa posibilidad de matar impunemente le hacía sentirse poderoso. La respuesta que le dieron, y que es lo que a mí realmente me importa de esa historia, es que lo que te hace verdaderamente poderoso es contar con esa posibilidad y decidir no hacerlo.
Una ciudad como Lisboa se puede percibir de dos formas muy distintas, o quizás de más de dos. Puede parecer pobre y puede parecer hermosa, o quizás muchas más cosas. Todo depende del momento, de las muchas circunstancias que rodean la visita, de tus acompañantes, del peso de tu equipaje, de lo desgastadas que estén las suelas de tu calzado, de cómo tu universo interior transforma las percepciones y las fija en recuerdos que son como fotos borrosas, desgastadas por la luz y por el tiempo.
Recuerdo las antiguas noches de fin de año, sin fiestas, sin campanadas, rodeado de mis gatos, de la música que a nadie le gusta y de decenas de libros y escritos quizás sin mucho sentido, mientras en soledad apuro mi vaso, contemplando absorto los infinitos caminos trazados en este antiguo mapa desplegado sobre mi mesa y que también me recuerdan los pasillos de antiguos laberintos.
“Words spill from my drunken mouth / I just can’t keep them all in…” [Editors ‘The Racing Rats’]
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