El Hotel - La Ciudad - El Viaje
Cuentos

EL HOTEL – LA CIUDAD – EL VIAJE

El Hotel

Hay un tema recurrente y es un lugar.

Se trata de una especie de residencia colectiva y creo que su origen está claro en mi subconsciente, pero eso no viene al caso ahora.

Es una edificación, o un conjunto de ellas conectadas, con una extraña y cambiante estructura; no cambiante de una forma dinámica: no se transforma mientras me muevo a través de ella como si de magia se tratase, pero es siempre diferente – a veces sutilmente a veces de forma muy notable – cada vez que la recorro.

La cantidad de pasillos, plantas, sótanos, salones, almacenes, estancias, es innumerable. Eso me trae a la mente la idea de laberinto, otro tema recurrente que acaba fundiéndose con el de esta inquietante residencia.

Luego están las personas que lo habitan – siempre personas, no busquemos en este caso entidades alienígenas ni fantasmales ni animales antropomórficos o parlantes, que eventualmente sí habitan en La Ciudad, pero no en esta residencia –, personas de las que de alguna forma siempre me estoy escondiendo; trato de llegar de una estancias a otras pasando desapercibido para ellas, recorro pasillos, escaleras y sótanos dando rodeos para evitarlas, continuamente preparo y refuerzo mi estancia para que sea lo más inaccesible posible para ellas en mi ausencia (y también cuando estoy en ella).

No se trata exactamente de que no me vean pues todas saben que yo también vivo allí, ni se trata de no relacionarme en absoluto con ellas pues eso sería imposible en este lugar de residencia colectivo donde en realidad todas las cosas y todas las personas está conectados entre sí de alguna forma, en mayor o menor grado; incluso algunas de estas personas me resultan más cercanas en el sentido de que me escondo menos de ellas e incluso me relaciono con ellas ocasionalmente, asimismo hay estancias (aparte de la mía), a veces zonas comunes, que visito con cierta asiduidad.

Pero es constante en todo el recorrido la sensación de extrañamiento, marginalidad y desarraigo, una ajenidad liminal que me recuerda que no pertenezco del todo allí, que ocupo un lugar que no es plenamente propio, que estoy presente y ausente simultáneamente, sin esconderme del todo pero siempre con discreción.

Cuando desarrollé el concepto de Las Puertas Infinitas – a partir de la idea inicial de un hotel con un millón de puertas que acababan siendo muchas más, sin límite discernible – de alguna forma los temas recurrentes de la desasosegante residencia y el laberinto terminaron fundiéndose con el de El Hotel.

La Ciudad

Saliendo de El Hotel está La Ciudad.

Siempre es el atardecer o el inicio de la noche cuando aparezco en ella, sin importar a qué hora decida salir; hay algo en el sendero o corredor que los conecta, que me conduce a ese momento.

No hay que recorrer mucha distancia hasta su centro (aunque El Hotel está en un distrito del margen exterior, la forma de La Ciudad no es circular de forma que lo considerado como “el centro” está mucho más cerca de algunos márgenes que de otros) pero no siempre es fácil llegar a él pues, al igual que sucede con la estructura de la residencia, las innumerables calles, plazas, puentes, escalinatas, parques, barrios, distritos, monumentos, de esta población inefable también se configuran conformando una disposición extraña y cambiante.

Ni siquiera sé si es una sola ciudad o una combinación de varias conectadas, también de una forma inexplicable, resultándome más fácil en muchas ocasiones trasladarme de una parte a otra muy lejana sin más que cruzar un umbral o un callejón (o una puerta) que caminar sin perderme en zonas aparentemente sencillas pero cuyas rutas nunca me conducen dos veces al mismo destino.

Son esenciales las tiendas, mercados y almacenes que habitualmente recorro, buscando, recogiendo y reservando objetos (libros, la mayoría de las veces, mapas también, que nunca son de gran ayuda práctica pero me alivia llevar, otros pequeños accesorios cuya utilidad se intuye pero nunca es evidente y que repetidamente se caen o extravían y me demoro en recuperar, …).

Aquí sí encuentro animales, así como otros tipos de seres difícilmente catalogables, con algunos de los cuales incluso he entablado amistad. Pero nada es permanente, todo muta – sutil o brutalmente según la ocasión – y me conduce a empezar el recorrido casi desde el mismo comienzo.

 

El Viaje

Da igual de qué modo intente salir de La Ciudad, qué camino o medio de transporte utilice, el resultado es el mismo.

Conozco el acceso una escondida caverna luminiscente, donde las estalactitas y las estalagmitas se unen y techo, suelo y paredes forman una única superficie con dimensiones ocultas y contornos brumosos.

Pero cuando salgo de ella por cualquiera de las innumerables aberturas semicamufladas, siempre me encuentro de nuevo en La Ciudad.

Si recurro a mi vehículo mental – una estrella de ocho puntas, intersección de dos tetraedros que representan las dos partes de “la interfaz de mi consciencia” – que funciona como una especie de planeador, mezcla de estrella fugaz y ala delta, para sobrevolar los paisajes de El Sueño y deslizarme por las corrientes de El Caos…

… inevitablemente siempre acabo despertando en El Hotel.

 

El Hotel – La Ciudad – El Viaje» is a potential mental passageway leading to «The Infinite Doors» cycle, written at the end of December, 2025)

[Soundtrack: Man Without Country – Infinity Mirror]

All Neil A. Morrison’s work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 4.0 International License [creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/]

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